Señor G, señor G, lo intenta con ganas al pensar que mañana hará lo que no hizo ayer. Pero otra vez, señor G, pretexta el mal tiempo, el aburrimiento o que no se encuentra bien. Y dice: “Es que es tarde, es que es demasiado tarde, ahora es tarde, qué le voy a hacer”. Y cada vez, señor G, que logre zafarse de un nuevo desastre sepa que alguien le observa, ¿no lo ve? Señor G, la gente no olvida y viejas heridas se volverán contra usted. Y grité: “No en mi nombre, no lo haréis si es en mi nombre, no en mi nombre”, o alguna otra memez. Día diez, habrá que pagar. Lo único cierto es que lo hecho hecho está y la lengua le quema y empieza a cantar: El cielo está llorando y mi última oración cruzó los siete mares hacia la canción. Puede que, señor G, conduzca una noche y se cruce a otro coche con alguien dentro que sea clavado a usted. Señor G la misma mirada, las mismas ropas caras y al volverse lo vea estrellarse. Un siniestro, un desastre manifiesto, hará bien en desaparecer. Lo diré, señor G, sin grandes rodeos, usted no es tan bueno como se cree que es, ¿pero y qué? Señor G, no ve que haga lo que haga la gente hoy traga, traga hasta devolver. Tienen hambre, ¿no ve usted que tienen hambre?, tienen hambre, deles de comer. Tarde o temprano usted lo sabrá, todo se acaba por precipitar, y amanece cantando como un animal. El cielo está llorando y mi última oración cruzó los siete mares hacia la canción. Un siniestro, un desastre manifiesto, hará bien en desaparecer. Tarde o