Tú no, princesa, tú no. Tú eres distinta. No eres como las demás chicas del barrio. Así los hombres te miran como te miran. Así murmura envidioso el vecindario. Tú no, princesa. Tú no. Tú eres la rosa que fue a nacer entre cardos como revancha a un arrabal despiadado en donde el día se ocupa de echar por tierra toda esperanza. Tú no has de ver consumida, cómo la vida pasó de largo, maltratada y mal querida, sin ver cumplida ni una promesa, le dice mientras cepilla el pelo de su princesa. Tú no, princesa, tú no. Tú no has nacido para pasar las fatigas que yo pasé sacándole el dobladillo a un miserable salario que no alcanza a fin de mes. Tú no, princesa, tú no. Por Dios lo juro: tú no andarás de rodillas fregando pisos, no acabarás hecha un zarrio como tu madre, cansada de quitar mierda y de parir hijos. Tú saldrás de esta cochambre de muertos de hambre. Ya me imagino la cara de las vecinas cuando aparezcas en limusina a por esta vieja le dice mientras cepilla el pelo de su princesa. Tú no, princesa, tú no: Vuelve temprano… Y la sigue un paso atrás hasta la calle, planchándole con la palma de la mano una arruga que el vestido le hace en el talle. Y, como quien ve a la Virgen subir al cielo, la ve alejarse camino a su primer casting para un anuncio en televisión. La nena vale, la nena estudia danza moderna y declamación. “Princesa” de Joan Manuel Serrat